Safe and Sound

“Mira, hagamos un trato”.

Voces. Es lo primero que oí. Antes de que llegara el insoportable pitido en los oídos, antes de notar el atronador dolor que parecía que iba a partirme la cabeza en dos, antes de siquiera salir de la oscuridad en la que me hallaba sumergida, oí voces. No eran tonos conversacionales amables y risueños, no eran elevados tonos de enfado, no eran tonos de tristeza, o de desconsuelo, o de súplica.

Safe and Sound

Ni siquiera eran tonos de dolor. No, solo había una cosa que podía transformar la voz humana en desgarradores alaridos que la harían irreconocible hasta para su propietario, en gritos que penetran tu mente y se alojan en un rincón, listos para perseguirte en tus peores pesadillas. Solo había una cosa con semejante poder: el miedo.

El aire se llena de la melodiosa risa de una joven muchacha. Se encuentra tumbada en un sofá, con las piernas elevadas sobre el reposabrazos del mueble y la cabeza apoyada en el regazo de un chico. Los rayos de sol de otro atardecer estío iluminan la estancia, llenándola de su calidez, perfecta acompañante de la alegría que se respira.

Miedo. Es lo primero que oí y desee no volver a oír jamás. Lo que más deseaba en ese momento es volver a sumergirme en la somnífera pesadez de la inconsciencia para no sentir, para no pensar, para no oír. Pero sabía que no podía, tenía que vivir, tenía que ponerme en movimiento, tenía que encontrarte.

Con todo el acopio de mi fuerza de voluntad, me obligué a abrir los ojos. Abandoné la oscuridad y me encontré sumida en el caos. Era como si el infierno se hubiera desatado en la tierra y el diablo en persona estuviera orquestando la primera cántica de la Divina Comedia.

Cuando se apaciguaron las risas, y la habitación quedó muda bajo el peso de un pensativo silencio, la tranquilidad fue interrumpida por la repentina determinación de la voz del chico.

“Mira, hagamos un trato”, dijo. “Vamos a hacer una lista, a escoger tres lugares, en diferentes puntos de la ciudad, y será donde nos encontraremos en caso de que ocurriera algo.”

“¿Algo cómo qué” preguntó la chica, extrañada.

Imágenes. Imágenes grabadas a fuego en mi mente, imágenes que me perseguirán durante el resto de mis días, aunque quizás los tenga contados. Personas. Personas en el suelo, personas llenas de sangre, personas gritando, llorando, llamando a sus seres queridos. Fuera a dónde fuera, siempre eran las mismas imágenes, una única imagen: miedo.

“No sé, como algún desastre natural, un ataque, un apocalipsis” le respondió el chico, con una seriedad alarmante.

“¡No digas tonterías!” respondió la chica con una carcajada. “Eso sólo pasa en las películas”.

Miedo. Un miedo que crecía con cada paso que daba, con cada lugar al que iba, con cada lugar en el que no estabas. Con cada minuto que pasaba sin saber dónde estabas, si estabas bien, si estabas vivo. Un miedo que se apoderó tanto de mi ser que me sentía terriblemente desconectada de la realidad, con todas las voces uniéndose en una, con todas las imágenes formando un único recuerdo que mi mente reproducía una y otra vez, cual disco rayado.

“Tú simplemente prométeme que, si pasara cualquier cosa, tú seguirás la lista. Prométemelo. Por favor. Prométemelo.” Dijo el chico con tal intensidad que a la chica no le quedó otra opción que decir “Te lo prometo”.

Mirando hacia atrás, es casi como si lo supieras, como si intuyeras, por alguna inexplicable razón celestial, que algo así iba a pasar. Pero dudo que nadie, ni siquiera tú, pudiera haber imaginado el horror que se desataría, la desolación que recorrería la ciudad engulléndola con sus temibles fauces cual monstruo hambriento.

“Mira, hagamos un trato”.

Hicimos un trato. Hice una promesa. Y aquí estoy. Con el corazón encogido por el más vivo de los terrores. Nunca había sentido un miedo semejante. Ni cuando desperté en la plaza, ni cuando oí el miedo, ni cuando vi el miedo, ni cuando el miedo resonó en cada uno de mis pasos. Pero ahora, veo mi reflejo en la oscurecida cristalera y el miedo me devuelve la mirada. Ahora, es el miedo el que me ve a mí, el que me oye a mí.

“Mira hagamos un trato”.

Hicimos un trato. Estoy a punto de entrar en el último lugar de la lista.

“Mira hagamos un trato”.

Hicimos un trato. No lo incumplas.

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