Guirnaldas

Moon Oliver nos describe en este relato corto una historia que habla de las “soledades”, y los convencionalismos de estas fiestas…

hombre que nos acompañe durante las fiestas de Navidad.

Eugenia dio un golpe seco con el filo de la mano, encima de la mesa, como si se tratase de una llave de karate, al mismo tiempo que exclamaba:

—¡Kiai, kiai! ¡Nuestro problema necesita una solución a la japonesa!

Marta la miró estupefacta. Parecía que el dios Baco —recién liberado de la botella de vino que, temblorosa, rodaba por el suelo— la había poseído.

—Tenemos que buscar a un hombre que nos acompañe durante las fiestas de Navidad. Las japonesas lo hacen, lo he leído en un artículo de Internet. Si ellas pueden, nosotras también.

—No hay tiempo, ¿dónde vamos a encontrar un hombre de alquiler? —argumentó Marta.

Habían salido del trabajo con el lote de Navidad bajo el brazo. Marta invitó a Eugenia a su casa para consumir el vino. ¿Para qué o para quién esperar las fechas señaladas? Si ninguna de las dos tenía ni marido, ni hijos con quien compartirlo… Copa tras copa, iban desgranando las mutuas miserias que las aguardaban, como cada año, en Navidades. Un rosario interminable de ágapes y encuentros familiares sin el amparo de un compañero que las liberase de la etiqueta de singles estupendas. Un año más tendrían que comerse, desde el aperitivo hasta el postre, los silencios y las sonrisas veladas de los comensales, que las interrogaban acerca de sus conquistas amorosas. Las preguntas de algunas parejas formalmente establecidas solían ser las más incisivas, quizás porque hacía años que su relación había perdido el aliciente, la sal y la pimienta, y no les quedaba otra que mostrar su añejo poderío hurgando en la herida del familiar soltero; sin dejar de desear paz, amor y próspero año nuevo, por supuesto.

La velada transcurrió sin más, entre risas ebrias y propuestas descabelladas que se quedaban levitando en el ambiente. Tres días más tarde, en un descanso del trabajo, ambas confesaron que ya habían encontrad, al acompañante navideño. Se guardaron mucho de hacerse preguntas mutuamente: ninguna de las dos estaba dispuesta a desvelar la verdad; ni el cómo, ni el cuándo, ni el dónde.

Había que hacer un montón de preparativos en tan solo dos semanas.  Terminada la jornada laboral, las tardes que no salían con sus recién conseguidas parejas, Eugenia y Marta dedicaban el tiempo a ir de compras. Paseaban por las calles comerciales al ritmo de las canciones navideñas, que años anteriores tanto las había deprimido, con rumbo al sex shop o a la boutique de lencería fina más lujosa de la ciudad, ajenas a los transeúntes que cargaban con las guirnaldas y el abeto.

Agotadas de tanta compra, después se refugiaban en casa de Marta. Amenizaban el postre con un pase de modelos privado en el que lucían las prendas adquiridas. En una de esas noches, Elvira, después de salir del baño, ataviada con un picardías de color rojo, empezó a desgranar fantasías que habían estado bajo llave hasta la fecha. Las burbujas de las dos copas de cava que acababa de tomar la liberaba de los tabúes que el paso de los años se encargó de tatuarle bajo la piel. Hablaba con grandilocuencia. Valentín esparcirá gota a gota todo el contenido de este gel afrodisiaco que tiene sabor a fresa, decía esgrimiendo con la mano un tubo de lubricante, después lo saboreará lamiéndolo suavemente en cada recoveco de mi cuerpo. ¡Ya te lo contaré!, concluía mirando con ojos vidriosos a su cómplice. Poseída como estaba por el dios Baco, se tumbó en el suelo simulando un jadeo lascivo. Movía los labios como si saboreara un manjar exquisito. Aprovechando la pausa, Marta, ataviada con un sujetador negro y unas medias con liguero rojo, se tumbó en el suelo a su lado; tomando el relevo, desgranó el relato de su propia fantasía: León me comerá a mordiscos cuando vea mi traje de luces. Le sobrevino una carcajada que la obligó a parar el relato; aprovechó el silencio, de palabras, para mirar a su amiga, que inevitablemente se había contagiado de la expresión de júbilo. Un dueto de risas desafinadas inundó la habitación. Tras el entreacto, Marta prosiguió con sus cábalas: entonces le arrastraré vestido hasta la ducha; bajo el agua, entre arrumacos y besos le rasgaré la ropa, hasta dejarlo desnudo. Navegaré deslizándome sobre la piel, enjabonada, hasta llegar al caño de su fuente de placer, donde degustaré, sorbo a sorbo, el elixir que emane de ella. Para cuando el agua aclare el burbujeo, me habré entregado a él como si fuese Venus, la diosa de la lujuria, saliendo de su concha. El relato tenía el tinte de un vodevil arrebatado a tiempos pasados.  Marta y Elvira, después del esfuerzo de dar a luz a sus deseos más íntimos, seguían tumbadas en el suelo, acurrucadas entre sí, cogidas sutilmente de la mano. Aquella fue la última noche antes de fiestas; la partida estaba justo a punto de empezar. La noche avanzaba y al día siguiente de la jornada laboral, no las libraría nadie. Fue antes de la despedida, todavía poseídas por los efluvios de la bebida espumosa, que Marta retó a Eugenia con una apuesta:

—¿A que no te atreves a hacer una foto del miembro de tu querubín?

—¿Que no me atrevo? —respondió Eugenia.

—Una botella de champán francés: ¿te parece bien? —propuso Marta, bajo el dintel de la puerta.

—¡Hecho! —dijo Elvira a modo de despedida.

El reencuentro se produjo el día 7 de enero, cuando las fiestas ya habían concluido; de mutuo acuerdo, no hubo ninguna comunicación durante los días anteriores. Cuando Elvira llegó a casa de Marta, su semblante era apagado; el primer intercambio de miradas delató la tristeza que ambas cobijaban tras las pupilas. Valentín, el de Eugenia, compartió mantel familiar en la cena de Navidad pero tenía fiebre la noche de fin de año, al menos esa fue la razón que esgrimió para no acudir a la cita. León, el de Marta, comió el turrón con la familia el día de San Esteban, pero simplemente no se presentó a la cena que ella había preparado para despedir el año con sus amigos; dos días más tarde, Marta recibió un whatsapp con un: lo siento. Sin más. Ninguna de las dos había vuelto a ver a sus respectivos.

Terminadas las confidencias, Eugenia abandonó encima del sofá un paquete envuelto en papel de celofán rojo, al lado de otro exactamente igual que había dejado Marta.

—¡Es para ti! —dijeron al unísono, tras dibujar una sonrisa burlona en los labios.

Desenvolvieron con ansia el obsequio. Y, ¡oh, sorpresa!: Eugenia había comprado a su amiga la primera parte del libro: El liguero rojo; Marta, el segundo volumen. Emanuel Dalka, el escritor rumano, estaba en boca de todas sus compañeras de trabajo, sólo ellas dos no lo habían leído. Cuando Eugenia abrió el libro, la foto del pene de León cayó delicadamente sobre su regazo.

—Una apuesta es una apuesta. Yo he hecho los deberes —dijo Marta, arrugando nerviosa el celofán que todavía tenía entre las manos.

Eugenia estaba buscando con ahínco una foto en la galería del teléfono móvil y no la escuchaba.

—¿Qué te pasa? —preguntó Marta.

Eugenia se mantuvo unos segundos absorta en su búsqueda y cuando encontró la foto la mostró, desencajada, a su amiga.

—¡Mira! Esto es lo que me pasa —exclamó.

Marta empezó a gritar como si estuviera poseída por un mal rayo. Ambos miembros tenían una peca en el mismo lugar del prepucio. Valentín y León eran la misma persona. Fue entonces cuando Elvira recordó un programa televisivo en el que un showman, con semblante casposo, entrevistaba a un vidente, famoso en otros tiempos. La pregunta que, ella, recordaba era acerca de si había alguna posibilidad de leer el futuro, aparte de la mano, en alguna otra zona del cuerpo. El adivino respondió: ¡por supuesto!  Puedo saber si un hombre es infiel sólo mirando su pene. Cuando el miembro tiene una peca en el prepucio, no hay ninguna duda, sentenció con sabiduría astral.

—¡San Vidente de la época de la María Castaña! ¿Por qué no cuidaste de nosotras, cuando te necesitábamos? ¿Por qué el programa no se emitió unos días antes de mi toque de karate? Si hubiéramos sabido a tiempo la prueba del pañuelo de la infidelidad masculina… Si lo hubiéramos sabido… —dijo Eugenia llevándose las manos a la cabeza.

Y fue entonces cuando empezó a golpear la mesa auxiliar que; había delante del sofá, con el libro del escritor rumano, como había hecho unos días antes con la llave de karate, pero, esta vez con tal furia que rompió el cristal. Marta, al ver el estropicio, la echó de casa. Alguien tenía que pagar la decepción.

Pasadas tres estaciones, cuando la gente volvía a sacarle el polvo a las guirnaldas y los villancicos se apoderaban de la zona comercial de la ciudad, Elvira y Marta se reconciliaron. El vino, del lote Navideño, fue la excusa que las motivó a sentarse, un año más, en el sofá delante de la mesita de la discordia. Entre brindis y brindis, decidieron compartir las fiestas familiares y los amigos. Probablemente su relación daría color a los aburridos ágapes que las esperaban. Sin ninguna duda sería el tema de los cuchicheos en las sobremesas.

Escrito por Moon Oliver

25 de Noviembre del 2017

Imágenes cedidas por:

https://www.pexels.com/photo/celebration-christmas-dress-fashion-264778/

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